Un reencuentro necesario

Escribir un post puede llegar a ser una tarea complicada. Si es de los primeros, aún más, aunque con la experiencia de varios años colaborando en distintas plataformas, profesionales y no, este hecho también se mantiene. Por lo general hay que ordenar y priorizar ideas, tener claro de qué se va a escribir, corroborar la información, a menudo buscar imágenes que complementen lo que queremos decir, todo eso y más; en fín: para qué repetir lo que ya sabemos.

Ligero horror vacui ante mi segundo post como Espiavimonis: hace días que andaba dándole vueltas a varias ideas. Ninguna acababa de materializarse con suficiente claridad. O sales o te hago salir, me decía. Pero hoy, por una de esas casualidades que ocurren a veces, el post ha sido de parto natural: él o ella solit@ ha salido, y sin nada que tuviera que ver con lo que ya andaba especulando. La cosa se ha fraguado entre los 5 minutos que han pasado mientras salía del metro hasta que alcanzaba el coche. Hora: 13.53h. El origen de la idea: esa necesidad básica como es el comer.

Por razones que no vienen al caso, estos días me estoy desplazando de Barcelona a un lugar concreto de la comarca de La Selva, casi cada día o cada dos. Conozco bien la ruta, la he hecho millones de veces. ¿Dónde voy a comer? Me apetece un poco más que un menú. Opciones: pequeño rodeo por la autopista del Maresme o la normal de la AP-7. Lo cierto es que no tengo mucho tiempo, ya son casi las dos. Barajo alguna opción como l’Hostal de la Plaça hasta que tengo un flash: ¿y la Fonda Europa? Hace miles de años que no voy. Es una decisión bastante fácil: intuitiva. Venga va. Para allá, pues.

Ojo, esto no es un post de crítica gastronómica. Más bien se trata de un reencuentro. La primera vez que comí en la Fonda hará como 20 años, era un crío y, por alguna cuestión del calendario escolar tuve que pasar un día acmpañando a mi padre a trabajar. Su profesión, en esa época, todavía era denominada como viajante: iba visitando clientes por toda Catalunya. Eso, y un paladar un tanto fino, le daba un conocimiento bastante respetable de cuales eran los puntos interesantes donde dejarse caer en las horas importantes. De aquella primera visita a Granollers sólo recuerdo algunas sensaciones del almuerzo en la Fonda. Creo que era más fonda y menos restaurante que hoy. Posteriormente he ido volviendo varias veces, no creo que llegue a la media docena. Con el tiempo la Fonda se ha ido reconvirtiendo: hubo reformas, aunque siempre me ha dado la sensación que el sitio, en esencia, sigue siendo el mismo. Y nunca he comido mal. Posiblemente sea un lugar que no resista la comparación con otros mucho más en boga en el aspecto culinario, razón por la que no sea muy frecuente encontrarla en las reseñas habituales. Pero para mi no se trata de eso, se trata de reencontrarme con una ubicación, un espacio, el lugar, unos aromas, estética y gusto que me resultan muy familiares.

Me dan una mesa angosta, atrapada entre otras dos, mi metro noventa tiene que entrar en calzador, pero una vez me siento el tema pinta bastante cómodo. Quepo yo, el periódico y aún queda algo de espacio para todo lo demás (plato, servilleta, cubiertos… esas cosas). Efecto inevitable: al mover la mesa, cojea. Saco un recibo intrascendente de mi cartera, lo doblo un par de veces y problema resuelto. Miro a izquierda y derecha. A un lado, una pareja bastante mayor molt de Granollers, a ella le están sirviendo un buen plato de escudella. Caray. Al otro lado, un hombre trajeado con pinta de ser comercial en ruta. Se le ve satisfecho, ya va por el postre y hojea las noticias sobre el cambio de ministros.

Ya había visto el menú fuera, pero al traerlo igualmente le pido la carta de vinos, a ver qué tal, aunque no estoy muy dispuesto a tomar más de una copa o dos, luego quiero estar fresco, toca seguir conduciendo. Como voy con hambre y tengo claro que me apetece seguir reencontrando algunos aromas medio adormecidos tras unas semanas mensualizantemente largas de bondad, pido los Huevos fritos con aceite de ñoras. De segundo el Cap i pota con rovellons. Postre ya veremos. La carta de vinos no me es especialmente interesante, y menos al no estar con muchos ánimos de elegir botella entera, así que me decido por tomar dos copas de la casa, primero un rosat trepat (sin etiqueta en la botella) para acompañar los huevos y después un tinto Montsant también de la casa. Al servirlo veo que es un Marmellans… pues vale. El trepat no está nada mal, aunque nada que ver con nuestro trepat de cabecera.

Los huevos bien, uno está algo pasado pero como apetece y están bien fritos, adelante. El capipota es notable, ahí recupero sensaciones, aunque le falta una pizca de sal (que manía con hacerlo todo soso en todas partes) y los rovellons no son frescos. Pero lo cierto es que están tiernos, la salsa al punto de densidad y la presencia de la gelatina es la adecuada. Bien.

Lo cierto es que me siento bien comiendo tranquilamente, un poco alejado del ruido (no excesivo) que me rodea. Los camareros pasan atareados por delante de la mesa, pero no pierden nunca el punto de control, ojeo distraídamente el periódico sin detenerme demasiado en ningún artículo… ha sido una comida agradable, se ha cubierto el objetivo doble: comer bien (además a un correctísimo precio de 22,20€, añadiendo un postre de iogur de leche de cabra con mermeladas y un café solo muy corto) y reencontrar esas sensaciones que nos retrotraen a lo familiar, a lo agradable, cómodo, cálido… en definitiva: a un placer de hora y media.

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